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La
historia de El Salvador ha estado profundamente ligada al café.
De hecho, no es posible comprender culturalmente a los salvadoreños
sin hablar de este cultivo...
UN
ARTE LEGENDARIO
Entre
el sexto y noveno siglo de nuestra era, fueron los persas y los
árabes los que llevaron el café arábica,
desde las elevaciones africanas, a otras zonas del mundo, extendiendo
su cultivo y consumo a Europa y Asia.
Las
primeras plantaciones de café en América tuvieron
lugar cuando los colonizadores franceses, en el tiempo de Luis
XIV, trasladaron el producto desde los invernaderos de París
a la Guyana Francesa, Haití y Santo Domingo.
Según
los historiadores, el café pasó desde el caribe
a El Salvador, en 1740; a Guatemala, en 1750, y a Bolivia, Ecuador,
Panamá y Costa Rica, entre 1784 y 1797.
El
gran integracionista salvadoreño, Gerardo Barrios, fue
el visionario que intuyó el enorme potencial del café
y lo impulsó en todo el país. Desde entonces, el
café se convirtió en la columna vertebral de nuestra
economía y moldeó nuestra cultura.
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Aunque la población
local en el occidente del país sembraba café en
pequeña escala desde antes de la Independencia, su producción
no aumentó significativamente si no hasta la segunda mitad
del siglo XIX, de 1860 en adelante.
Fue en esta época
que el café salvadoreño inició un periodo
de notable crecimiento, cubriendo amplias zonas cultivables en
las tierras altas de El Salvador. Factores técnicos, económicos
y políticos intervinieron directamente en este proceso
de expansión. Ya en ese entonces, el Estado no sólo
buscaba aumentar la producción de café, sino desarrollar
un producto con tradición y calidad.
A partir de esos días,
el café se mantuvo como una prioridad, hasta que en el
siglo XX se convirtió en el principal producto de exportación
del país. Mucha de la prosperidad alcanzada por los salvadoreños
en aquella época estuvo determinada por el reconocimiento
internacional de nuestro café.
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